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Jocelyn ya ni siquiera alcanzaba a llorar, puesto que el dolor de las arcadas la había dejado casi sin fuerzas para ello. La sustancia que le permitió aminorar las arcadas, le había adormecido las paredes de boca, garganta y esófago. Quizás por eso no sintió tanto asco cuando la bestia comenzó a proferir unos ruidos guturales que pronto sintió era una suerte de vómito de él y que penetraba directamente en su estómago.